«La hermanastra fea», érase otro cuento «feminista»
- Violeta G.
- 24 feb
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 7 mar
La hermanastra fea es una nueva versión del cuento de la Cenicienta, quizás la versión más real y más cercana a la historia original —por cruenta— que haya visto. En esta ocasión, la protagonista pasa a ser una de las hermanastras de Cenicienta y la trama trata de hacer una supuesta crítica a la violencia estética, para ello, emplean el género Body horror. Un género que, con sinceridad y en general, detesto pero me arriesgué a explorar movida por la curiosidad. Ya había visto La sustancia —la cual ya comenté—, que pertenece al mismo género y además comparten temática, sin embargo esta me ha resultado mucho más desagradable.
El problema con el Body horror para mí es ese exceso violencia que se mezcla con la morbosidad y deviene en puro sadismo, siendo sus víctimas muchas veces los cuerpos de las mujeres. Probablemente me dirán que la película en cuestión utiliza el mencionado género para causar incomodidad en la espectadora/or y yo responderé —como he respondido muchas otras veces— que, en un mundo misógino rodeado de violencia, mostrar a mujeres siendo torturadas, mutiladas y humilladas no es más que ofrecer una satisfacción a esos sádicos que observan. Creo que seguiré sin encontrar ningún buen motivo para mostrar este tipo de imágenes en pantalla, aunque parezca buena idea utilizar el Body horror para representar los daños físicos de la dictadura de la estética, el resultado es morbo innecesario.
La primera impresión de esta película era que podía ser una revisión del cuento popular, una versión más feminista —ya que está dirigida por una mujer y parecía tener esta intención— pero al introducirnos en la trama descubrimos que hay varias problemáticas debajo de esa primera capa y que la misoginia sigue latente aunque haya a quien le pase desapercibida.
Spoilers a continuación…

Érase una sororidad imaginaria
Es un acierto convertir a la hermanastra —Elvira— en protagonista para cambiar el foco y mostrar el lado oculto y oscuro de la historia, aquello que no nos mostraron la primera vez. Ahora podemos empatizar con una de las que antaño nos describieron como villana, humanizarla y entenderla. El problema es que la enemistad entre mujeres continúa, Cenicienta —aquí llamada Agnes— sigue siendo la rival y no es que no se deba nunca sacar en pantalla una mala relación entre mujeres pero sí que hay que poner en contexto, narrar cómo se fragua esa rivalidad, cómo el sistema y los hombres son quienes la alimentan y también ofrecer momentos de acercamiento, de comprensión la una hacia la otra dentro de este malestar, siempre que la pretensión sea romper con los tópicos y aplicar una mirada feminista a la trama.
Esto es lo que falta, ese momento de comprensión entre ambas, algo de conexión. Cosa que ni siquiera sería la primera vez que se hiciera porque ya se planteó una reconciliación entre estos dos personajes en la versión de Ever after e, incluso, en la Cenicienta 2 de Disney. Al menos sí nos dan un ejemplo de sororidad entre hermanas, pese a que el personaje de la segunda hermanastra no aparezca mucho en escena. Respecto a la madrastra, sí que podemos verla algo menos cruel y un poco más humana que en versiones anteriores —quitando Ever after, donde probablemente se muestre la variante más humana del personaje sin llegar a solventarlo del todo—. Aquí vemos a una mujer realmente atrapada en la telaraña del sistema patriarcal, intentando sobrevivir en su red, pero siempre bajo las reglas de los artífices. He aquí otro problema muy repetido en ficciones; a no ser que de antemano tengas una mirada crítica ya formada, resulta imposible que cualquiera que vea esta película saque en claro que los mandatos de belleza son impuestos y requeridos por los patriarcas y que son ellos quienes mantienen a las mujeres en la rueda, de nuevo se nos olvida cambiar el foco y señalar al opresor. Bien podríamos aquí confundir el ansia de conseguir un marido rico —a costa de tu salud mental y física— con algo que nace de las propias mujeres, es decir, volvemos a la representación del cliché.
Érase unos zapatos que aprietan
Otro punto a favor del filme es que no sólo muestra los arreglos estéticos, también muestra el dolor y las consecuencias. Normalmente sólo vemos el resultado —la chica más guapa que nunca— pero no lo que pasa después, porque la belleza patriarcal es efímera, costosa y una gran mentira que contra más intenta estirarse más te estrangula. Ahora bien, esta realidad es vivida por Elvira pero nunca por Agnes, quien es bella de nacimiento y no necesita recurrir a ningún arreglo ni es embaucada por la presión estética. Todo esto resulta muy inverosímil precisamente porque el sistema afecta a cualquier tipo de mujer y porque las que son presentadas como canónicas han tenido que pasar por chapa y pintura para poder estar en esa categoría. Hemos visto a famosas, aún siendo ya bellas, recurrir a cirugías, dietas, maquillaje... Este matiz es crucial para entender cómo opera el sistema de opresión sexual, no es real eso de que las guapas no sufran la violencia estética y, hablar de lo contrario, es alimentar la mentira de que una vez alcanzada la belleza requerida ya no vas a sufrir más y serás feliz.

Érase un cuento porno hetero
El cuento de la Cenicienta ha sido analizado una y mil veces desde la perspectiva feminista, infiriendo como puntos clave de la misoginia: el asesinato simbólico de la madre, la encarnación del mal en una mujer y el mensaje implícito de que felicidad se logra al casarse con un hombre —la meta de nuestras vidas—. Análisis de éste y otros cuentos pueden leerse en el texto de Woman Hating de Andrea Dworkin y en Gin/Ecología de Mary Daly. En cuanto a La hermanastra fea, no hay una gran diferencia respecto a estos puntos, continúa la estela en la que la mayor parte de las mujeres compiten por casarse con el príncipe, aunque Agnes al principio en quien está interesada es en el mozo de cuadras, con quien mantiene una relación —una novedad en la historia que, si bien sirve para introducir algo más de realismo, mantiene el discurso heterosexual— que acaba cuando su madrastra se entera y lo echa de allí.
Aquí se produce una diferenciación interesante, en lugar de un príncipe encantador, tenemos a un tipejo misógino que habla de sexo y mujeres con sus amigos. Por fin tenemos la oportunidad de ver su cara oculta pero, por algún motivo, esto no se mantiene hasta el final. Cuando Cenicienta consigue estar con el príncipe —esto no cambia en la trama— ya no vemos su maldad, no vemos que trate mal a Agnes una vez casados porque la historia trataba sobre Elvira y Agnes, al ser la otra, ya no nos importa. No nos importa que la mujer que ya no es protagonista acabe siendo infeliz o vejada y no nos importan el resto de mujeres. Y el hecho de no ver más allá significa que nos quedamos con la idea de que la chica guapa ganó, se llevó al príncipe —que era el objetivo— y, aunque él no era tan bueno como en el cuento que nos contaron, la última imagen suya que tenemos es siendo deslumbrado por la belleza de Agnes. De nuevo, nos insinúan que las mujeres bellas pueden conseguir lo que quieran sin mucho esfuerzo e incluso que los hombres sólo tratarán mal a las mujeres que no encajen en su canon. Y otro detalle que me reconcome en la película es por qué vemos al espíritu de la madre de Agnes ayudándola, cual hada madrina, para que sea ella quien se case con el príncipe si éste es alguien despreciable.
Para cortar un poco con tanta heterosexualidad, tenemos a una pareja de lesbianas. El problema es que ambas trabajan a favor del patriarcado: por un lado, la profesora de baile que las instruye para el baile real y desprecia a las que no dan la talla, por otro, la mujer que le ofrece a Elvira un huevo de tenia para que se la coma y así no engordar —y morir lentamente—. Hubiera estado bien que alguno de estos personajes ayudara de verdad a Elvira y le diera otro punto de vista. En lo que concierne a las relaciones sexuales, la cinta cae en meter desnudos y escenas pornográficas sin necesidad, sacando primeros planos de genitales y glúteos —en concreto, de Agnes y el mozo de cuadras mientras éste la penetra desde atrás— y hasta un plano del semen derramado, pasando de lo erótico al porno directamente. Todo esto, a su vez, visto desde la mirada de Elvira, a quien nos presentan como una joven voyeur, algo que no sirve en nada a la trama sino que es el típico recurso fácil que se utiliza para causar impacto y llamar la atención sobre tu película.

Érase un final infeliz
Llegamos al final, Elvira ha hecho de todo por conseguir estar guapa y que el príncipe la eligiera como esposa, desde coserse pestañas en los párpados hasta mutilarse el pie. Aún así, en cuanto Cenicienta llega al baile, ella ya ha perdido toda posibilidad y, una vez que se acaba la esperanza, decide, ahora sí, hacer caso a su hermana y escaparse con ella para vivir lejos de allí. Desde un punto de vista feminista, esto sería un auténtico final feliz para Elvira —que no para Agnes— pues se ha librado del príncipe y deja atrás las imposiciones de género que le han traído tanto sufrimiento, pero en la película no nos presentan a Elvira siendo libre, no hay un momento de lucidez en el que se dé cuenta de que lo que ha perseguido era una cruel fantasía y que en realidad la felicidad no se parece en nada a las novelas románticas que le gustaba leer. Lo que vemos es a una chica derrotada, triste y mutilada, cosa que se refuerza con las escenas anteriores a su huida donde la vemos arrastrándose por el suelo por no poder caminar, cayéndose por las escaleras y rompiéndose la nariz en el proceso. Todo esto, es una humillación insensible hacia el personaje, como un castigo inmerecido que me remite de nuevo a La sustancia. Se repite el final trágico y en tono de mofa de la protagonista femenina cuyo único agravio fue dañarse a sí misma para cumplir con las expectativas sociales.
Como vengo insistiendo, las historias con pretensiones feministas que quieran mostrar la violencia y el dolor al que somos sometidas las mujeres deberían mostrar igualmente alternativas, modelos de inspiración que nos guíen hacia algo positivo. Necesitamos imaginarnos libres y ver los posibles caminos hacia esa libertad, sin eso estamos perdidas y a merced de los continuos engaños y distracciones. Necesitamos también a personajes que actúen contra las normas y modos de vida diferentes porque si no se muestran parece que no existen y que no hay posibilidad de aspirar a ello.
Por tanto, esto no es un final de cuento feliz y tampoco es un final feminista.



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