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«Little fire everywhere», la hostilidad entre mujeres

Empieza mostrando la diametral diferencia entre una familia blanca y acomodada —matrimonio heterosexual con dos hijas y dos hijos— y otra negra y precaria —madre soltera e hija única—, creando paralelismos entre ambas madres y la relación con sus hijas. Podemos ver el privilegio de clase y racial en todo momento pero, ¿cómo se muestra el privilegio sexual?


[Aviso de spoilers].



Maternidad


La madre de la familia acomodada —Elena— tiene un gran conflicto con su hija pequeña adolescente —Izzy— a la que trata de encorsetar dentro del género femenino y de las normas que corresponden a su clase social, a lo que ésta se rebela continuamente abriendo más la brecha entre ambas. El problema es que la figura del padre, como de costumbre, queda fuera del conflicto y deja sin cuestionar el papel de la paternidad



Los acercamientos entre mujeres parece que se producen únicamente por su identificación las unas con las otras a través de la maternidad pero no del hecho de ser mujeres: Mia —la madre precarizada— se siente identificada con la situación de Bebe, su compañera de trabajo, al ser una mujer racializada y sin recursos que ha perdido a su bebé, y por esto decide ayudarla. Al mismo tiempo, el mayor momento de complicidad entre Elena y Mia se produce cuando hablan sobre lo que significa ser madres. La única buena relación que se da más al margen de eso es la de Izzy con Mia —faltó profundizar en la relación de Izzy con la hija de Mia—, ya que ambas comparten su amor por el arte, pero incluso en este caso Izzy busca en Mia una madre debido a la reprobación de la suya propia.


También tenemos una breve trama sobre el aborto pero es más bien un medio para tratar otros temas como la discriminación racial o las imposiciones dentro de la clase social alta. Lo que sí evidencia la serie es la realidad de la maternidad —la soledad, el estrés, el insomnio, la renuncia a partes de ti y de tu vida, etc.— y que ésta afecta igualmente a cualquier mujer, independientemente de la clase social a la que pertenezca —dejando claro que la pobreza y otros factores siempre son agravantes de la situación—. Otro punto fuerte es su crítica a la adopción interacial donde el privilegio de raza y clase suele prevalecer por encima del interés de la o el menor.



Relaciones


Hay un conflicto amoroso entre los dos adolescentes varones blancos y Pearl, la hija de Mia. Ella mantiene una amistad con el hijo menor, aunque éste quiere algo más. Sin embargo, Pearl está interesada en su hermano Trip, un misógino mujeriego que aconseja a su hermano ignorar a la chica que le gusta para parecer más interesante. Lo peor es que la serie le acaba dando la razón, pues es Trip y no su hermano quien inicia una relación con Pearl. Alrededor de esta trama subyace otro mensaje que puede pasar desapercibido pero es constante, el de la chica que no es como las demás. Ambos hermanos dejan constancia de que Pearl es distinta a las otras chicas con las que suele acostarse Trip, esas otras son tildadas de “putas”, fáciles o hasta poco inteligentes.



Aunque entre toda esa heterosexualidad, también hay espacio para las lesbianas. A través de Izzy vemos la vivencia lesbiana de una adolescente que por ello sufre el rechazo de sus compañeros/as, de su madre —de nuevo, la figura paterna no se cuestiona— y hasta de su propia novia cuando son pilladas juntas. Vemos aquí cómo el estigma y la necesidad de integrarse pueden llevar a renegar de una misma y de quien quieres. Desde otra mirada más positiva, se muestra el lesbianismo a través de Mía en su juventud, en una relación sin miedo, culpa o vergüenza. Por desgracia, ésta queda malograda al ser entre alumna y profesora, ¿en qué momento se nos ocurre pensar que una relación con tal diferencia de poder puede ser sana? Además de eso, vemos a la Mia adulta mantener relaciones con hombres, así que habría que calificarla de bisexual, perdiendo el componente político del lesbianismo.


Si hablamos de las relaciones entre mujeres en general dentro de la serie, prima la animadversión y el enfrentamiento sobre la sororidad, siendo Mia y Elena las máximas encarnaciones de tal enfrentamiento, que va mucho más allá de la discriminación y se convierte en un intento de destruir la una a la otra…



¿Y el sexismo?


Puede que lo que más me haya rechinado de la serie es que en los episodios de racismo que muestran siempre son mujeres las principales victimarias: la hija mayor de la familia blanca —Lexie— ejerce racismo utilizando a Pearl y apropiándose de su historia y su nombre para conseguir lo que quiere; Elena personifica el privilegio de clase y raza y ayuda a su amiga en el proceso legal para obtener la custodia de una bebé china a expensas de su madre biológica; incluso hay una breve escena en la que la vendedora de una tienda es incapaz de empatizar con una mujer que no tiene dinero para alimentar a su bebé. Mientras, los hombres permanecen como meros figurantes, como si no hubiera todo un sistema patriarcal y colonizador a nivel mundial manejado por ellos. No es que las mujeres blancas no tengamos privilegios —aunque la mayoría no quieran ni reconocerlo—, pero no somos las principales ejecutoras de la violencia ni las que manejamos el mundo.

Del mismo modo, en el terreno sexual da la impresión de que las mujeres tienen el control: Lexie toma la decisión de esperar a tener penetración por primera vez con su novio hasta el día del último baile del instituto, y más tarde decide que será antes; Elena programa sus encuentros sexuales con su marido; y se explicita que Mia tiene sexo con quien quiere y cuando quiere. En todos los casos, aunque encontramos algo de resistencia masculina, nunca llegan a presionar, no hay chantaje emocional, no hay quejas en exceso y tampoco vemos culpa o presión a sí mismas en ninguna de ellas. Algo bastante inusual en una relación heterosexual. Es decir, no hay crítica a la desigualdad sexual.



Lo más cerca que están de tratar la opresión sexual es hacia el final durante distintas discusiones: cuando Lexie y su novio Brian —un chico negro de clase alta— hablan de su relación antes de romper se evidencia el racismo en la actitud de ella mediante acciones y palabras y a la espectadora le queda claro. El sexismo, en cambio, puede pasarse por alto. Ella hace un amago de confesar que ha tenido que abortar, un momento donde habría cabido una crítica hacia lo que sufre como mujer y él no, pero decide callar; En otro momento Elena, harta de que su marido la culpe de todo y la acuse de infiel, le recrimina que él no estaba para criar a sus hijas e hijos mientras ella tuvo que sacrificarlo todo; Y en última instancia, Izzy le hace saber a su hermano Moody que no tiene derecho a estar enfadado con Pearl por no corresponder a sus sentimientos. El problema de estas reflexiones es que suceden al final en muy poco tiempo de metraje. Así, la crítica al sexismo resulta ser vaga, corta y casi imperceptible, especialmente a la hora de identificar a los opresores.


Al final toda la culpa recae sobre una mujer, Elena. Es ella la que el propio guion dice que ha convertido a sus hijas e hijos en lo que son. Se la responsabiliza de la vida que ha “escogido” —sin tener en cuenta el mito de la libre elección— y toda la crítica se concentra en ella.



Vientres de alquiler


Otro tema tratado es el de “los vientres de alquiler”. Es el motivo por el que Mia cambia de ciudad continuamente, obligando a su hija a mudarse aunque no quiera, está huyendo de quienes le pagaron para quedarse embarazada y entregarles a su bebé. Aunque no creo que el tema esté realmente mal tratado, sí que me deja insatisfecha ya que la crítica se dirige hacia el derecho de la madre sobre el bebé, a reconocerse su maternidad, pero no hay mención a lo que implica “alquilar” el cuerpo de una mujer o pagar para comprar un bebé ni tampoco a los contratos abusivos.


A mi modo de ver, le falta mucha profundización en el tema. Además de que me molesta que a la figura del donante de esperma se le denomine en alguna ocasión “padre” —de la niña por la que pagó y a la que nunca vio— y que está concepción no se ponga en entredicho.



Conclusiones


Como ya he mencionado, el tema del racismo y clasismo está mejor y más ampliamente abordado que el machismo y esto es algo que he percibido que se repite en películas y series. Siento que la misoginia —y tal vez el especismo— siempre queda en último lugar al cuestionar las distintas opresiones que existen a nivel global y que no es algo casual. 


He visto a mujeres apostar por el antirracismo, el comunismo o el anarquismo por encima del feminismo. Es evidente que, en el caso del antirracismo, éste debe ser parte intrínseca del feminismo y es comprensible que tantas mujeres racializadas se hayan apartado del movimiento al sufrir actitudes racistas desde un lugar que debería haber sido seguro para ellas, sin embargo esta renuncia en pro de mantenerse aliadas a los varones y sus ideologías —siendo estos lugares triplemente inseguros para ellas— es algo que da qué pensar en lo interiorizada que seguimos teniendo la misoginia. Convendría replantearse en qué o quiénes invertimos nuestro tiempo y hacia qué canalizamos nuestra energía…


Como dato final, Liz Tigelaar es la creadora y guionista —curiosamente blanca— aunque la historia se basa en el libro de la escritora Celeste Ng. Y en dirección tenemos a otras dos mujeres, Lynn Shelton y Nzingha Stewart.



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