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«Pobres Criaturas» y la Trampa del Liberalismo Sexual

¿Qué pasaría si el doctor Frankenstein hubiese creado una criatura con cuerpo de mujer y con la mente de un bebé? La clave de esta respuesta tiene que ver con el momento histórico pero, sobre todo, con quién cuenta la historia. Si sabemos que esta historia ha sido creada por uno o varios hombres no debería extrañarnos que su idea de base, lo que mueve a los personajes, sea el sexo. Y esto es lo que sucede con la película de Pobres Criaturas (Poor Things), donde vemos a una protagonista cuya búsqueda de la libertad comienza con su despertar sexual, quedando relegados a un segundo plano otros temas o motivaciones interesantes como la desigualdad social o la sed de conocimiento. Va con spoilers…



La Inmoral Sexualidad Masculina


Desde el inicio del film el tema sobre la sexualidad está latente. Una breve conversación entre dos de los principales personajes masculinos nos dan pistas sobre el verdadero fondo de esta historia. El doctor Godwin (el Creador) le propone a su ayudante Max, el encargado de observar los progresos de Bella (el Experimento), contraer matrimonio con la susodicha. Su objetivo es procurar que Bella no salga nunca de la casa y se aleje de él. Max, algo perplejo, se pregunta si Godwin y ella mantienen relaciones sexuales, a lo que el otro alega que eso es imposible, dada su condición de eunuco. La duda que plantea Max es más que razonable y, de hecho, la propia respuesta nos da a entender que, de no ser físicamente imposible, ese acto ya se habría producido. 


Entonces, Godwin hace la siguiente declaración: la sexualidad masculina, y en general, es puramente inmoral. A lo que Max expone su desacuerdo. Es interesante el matiz de esa frase. Al añadir «y en general» se da por hecho que la masculina es la única sexualidad posible que se contempla, un pensamiento androcéntrico. Además de esto, el intercambio de frases evidencia dos posturas de la mentalidad masculina: una que asume como natural e inevitable la vileza en la sexualidad del hombre y otra que trata de ocultarla y la disfraza de nobles intenciones.


Así, tenemos al personaje de Max, un hombre engañosamente bueno, que acepta casarse con una mujer-niña a condición de que ella también quiera. Es un gesto tramposo si te paras a pensar que está pidiendo el consentimiento de alguien con la mente de una niña que apenas está aprendiendo a hablar y a conocer el mundo. Sería como pedirle matrimonio a una niña de cuatro años. Y ¿cómo de retorcido hay que ser para decir que se ama como mujer a una niña siendo él un adulto? La imagen que se nos transmite de Max en la cinta es de un ser sensible y preocupado por los intereses de Bella, pero en la práctica es justo lo contrario. De hecho, casi podemos palpar el fondo de sus intenciones cuando en una escena previa se para a observar uno de los pechos de Bella tras el vestido roto mientras ella está inconsciente.



El Complejo de Dios y la Pseudo-Paternidad


Se abre debate sobre la moralidad de las acciones del doctor Godwin al darle vida al cuerpo de una mujer que acababa de suicidarse usando para ello el cerebro del feto que ella llevaba dentro. Hay quien plantea que, por la parte positiva, le está dando la oportunidad de vivir a un bebé que no tuvo elección. Una visión romántica de un acto deleznable y carente de ética. Godwin juega a ser un dios (como su propio nombre indica) que por capricho decide ignorar las posibles repercusiones que pueda tener para esa misma criatura nacer en el cuerpo de una persona ya adulta. Se me viene a la cabeza el análisis de Marylin Frye sobre el hombre que se identifica con el feto un ser dependiente del cuerpo de la mujer,  y, en su miedo de que la mujer también quiera desembarazarse de él, proclama contra el aborto. Godwin roba a la mujer su cuerpo y la decisión de tener a su criatura. 


Sus actos no tienen una motivación altruista sino que son fruto, como veremos más adelante, del deseo egoísta de crear a un ser que tenga que quererlo y no lo repudie por su aspecto. Podemos intuir que su deseo primordial era fabricarse una esposa-amante a medida pero que, por su condición de eunuco, tuvo que conformarse con el papel de padre. En cualquier caso, sería una relación en la que ella le necesitase irremediablemente. Sumado a esto, Godwin somete a Bella a multitud de violencias y abusos durante su vida al mentirle sobre su origen, mantenerla secuestrada dentro de la casa y tratar de venderla en matrimonio. Aún así, el filme te fuerza a empatizar con él por ser alguien solitario en busca de amor que sufrió el maltrato de su padre siendo niño. Incluso se le concede la redención cuando al final la misma Bella le da las gracias por «darle la vida». Irónicamente, al narrar la historia de la mujer suicida él mismo declara: «¿Quién era yo para decidir su destino?».


Bella abrazada al doctor Godwin en la cama. Fotograma de la película «Pobres criaturas».


La Fantasía Erótica de La Mujer-Niña


Bella es la creación de un hombre, tanto dentro como fuera de la ficción. Una mujer con la mente de una niña, falta de experiencia pero que constantemente muestra un irrefrenable deseo sexual. Es la recreación de la fantasía masculina, la joven Lolita de mente moldeable que disfruta del coito sin «reprimirse». Aquí es donde la película nos tiende la gran trampa.


Introducen al personaje de Duncan, un abogado con fama de promiscuo, que se lleva a Bella a viajar por el mundo. Su interés por ella es puramente sexual y, de hecho, la primera imagen que vemos de su viaje es la de ambos practicando el coito efusivamente. Esta imagen es perversa, pues lo que de verdad estamos viendo es el acto de una violación y la normalización de la pedofilia, pero todo eso queda oculto por el hecho de que ella lo está disfrutando. Poco a poco, la personalidad estrafalaria de Bella y su incapacidad para seguir las normas de la sociedad llevan a Duncan a la desesperación. Ante la promiscuidad de Bella, él se vuelve cada vez más obsesivo hacia ella, llegando a culparla de llevarle a la locura. Y es que Duncan será retratado como el primer villano de esta historia, parodiando al clásico misógino que no acepta que la mujer no sea sumisa y complaciente y, aunque al inicio se jacta de ser alguien que vive libre y sin ataduras, luego no puede aceptar que ella siga el mismo camino.


Podríamos caer en el engaño y pensar que Bella representa la liberación de la mujer del yugo de los hombres, ya que durante la cinta se rebela contra esos personajes masculinos que la quieren controlar. Una perspectiva más amplia del asunto rebela que en el fondo nos están vendiendo, una vez más, el ideario del liberalismo sexual, del que hablaba la feminista Sheila Jeffreys, que nos dice que el sexo es inherentemente liberador sin importar que implique abuso y explotación. Esta fue la idea que marcó la famosa Revolución Sexual, donde cualquier discurso que la cuestionara era tachado de censura y de anti-derechos. Bajo esta visión, el rostro del mal sería una sociedad sexualmente reprimida, invisibilizando la realidad de que esa sexualidad ha sido construida por los hombres en base a la opresión de mujeres y niñas. Como examinaron las feministas radicales, dicha Revolución, reaccionando al auge del feminismo, consistió en lograr la participación entusiasta de las mujeres en el coito para así favorecer su sometimiento. En esta historia Bella es un símbolo de la libertad sexual. Curiosamente, una libertad que se ajusta perfectamente al imaginario pornificado y patriarcal coitocentrista.


Fotograma de la película «Pobres criaturas».


Normalizando la Prostitución


Llegamos al capítulo de la prostitución. Nuestra protagonista se aparta de Duncan y ahora va a tratar de conseguir dinero prostituyéndose. Un auténtico drama que por desgracia viven tantas mujeres pero que aquí va a tratarse con una frivolidad demencial. El director sigue recreándose con planos de su protagonista desnuda y «practicando sexo» −siendo violada− en una cantidad obscena de veces. El tono de comedia que impregna toda la película se vuelve disonante al rodear situaciones de abuso y violencia. Hay una escena especialmente retorcida en la que un padre lleva consigo al prostíbulo a sus dos hijos pequeños para enseñarles cómo deben funcionar durante el coito. Resulta violento ver a dos críos tomar notas en sus cuadernos mientras ven a su padre violando a una mujer. No parece que la película sea consciente de que eso también es abuso infantil. 


No vamos a ver aquí una representación de las secuelas psicológicas y físicas que sufren las mujeres prostituidas y que las llevan a adicciones o a disociarse de su propio cuerpo, por ejemplo. Veremos una versión muy light de este mundo y una crítica irrisoria hacia la conducta del putero. Se plantea que a algunos de estos hombres les gusta que la mujer que eligen no desee acostarse con ellos. Lo asombroso es que se piense que son algunos, sabiendo que el único motivo por el que esas mujeres «acceden» es por necesidad. 


A través de la protagonista se nos da una falsa ilusión de control. Pareciera que puede salir y entrar de este mundo a su antojo, siendo su mayor problema aguantar a algún torpe incapaz de proporcionarle un orgasmo pero hallando pequeñas soluciones como entablar algo de conversación con el hombre de turno antes de empezar para hacer el proceso más ameno. Todo termina con una relación lésbica entre Bella y otra mujer prostituida que el director no duda en mostrar en pleno acto sexual para sumar una fantasía más del imaginario masculino. Una relación que pudo ser lo mejor de la película pero que, sin embargo, se instrumentaliza para propagar una falsa idea de diversidad y feminismo dentro del filme.


Bella al pie de la cama mientras Duncan duerme. Fotograma de la película «Pobres criaturas».


Diseccionando a Mary Shelley


Mary Daly hablaba en su libro Gin/Ecología de la inversión que hacen los patriarcas del legado de las mujeres. Coger la creación de una mujer, manipularla y distorsionarla hasta borrar su esencia, su significado, es lo que le ha ocurrido a la obra de Mary Shelley Frankenstein o El moderno Prometeo. 


De forma obvia, Pobres Criaturas toma la premisa principal de la obra de Shelley y la invierte. Mientras que la obra original advierte sobre el peligro que conlleva no poner límites a la tecnología y la ciencia y problematiza su falta de ética y el complejo de dios, la película termina justificando las atrocidades cometidas o no dándoles mayor importancia. Pasamos de una historia de terror que cuestiona la sociedad de su época a un drama-cómico que está más preocupado por la espectacularidad que por su mensaje. De un científico que sufre las consecuencias de creerse por encima de la naturaleza siendo castigado por su propia creación a uno que encuentra la gratitud por parte de su criatura y consigue cumplir su propósito de que esta lo vea como a un padre. Al indagar, descubrimos que, incluso, el nombre del doctor (Godwin) era el apellido real del padre de Shelley. Esto refuerza ese papel de padre tan codiciado por el científico respecto a Bella, en lugar de cuestionarlo, como hizo la obra original. Daly analiza en su obra ya citada lo que ella llama el fenómeno Frankenstein y nos trae una necesaria reflexión sobre esta falsa paternidad y la legitimización de la violación de límites en el sistema.


Culminando con el análisis, la película carece de realismo y de cualquier sutileza; ni en su lenguaje; ni en el uso de colores estridentes o el del blanco y negro; ni en el extravagante vestuario o las actuaciones... Todo es demasiado evidente. En su intención de causar impacto el director recurre a la saturación de ideas y al abuso de recursos estéticos con el único fin de llamar la atención del público. En mi opinión, sobrevalorada.



Referencias


  • Frye, Marylin. Las políticas de la Realidad. Labrys Editorial.

  • Jeffreys, Sheila. La herejía lesbiana

  • Leidholdt, Dorchen y Raymond, Janice G. Los liberales sexuales y el ataque al feminismo (parte uno). Traducción no oficial.

  • Daly, Mary. Gin/Ecología: la metaética del Feminismo Radical. Labrys Editorial.

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